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Ixtacamaxtitlán, un rincón que vuela

Ixtacamaxtitlán, un rincón que vuela

Se levanta el viento de la mañana e Ixtacamaxtitlán recibe la luz del alba. Los montes se alzan orgullosos por el firmamento y el cielo, tan azul y rugoso como la tierra del suelo, se vuelve suave y liviana para caminar, casi volar. Este poblado, de tintes terrosos y animados por el aire, se pinta de manchas amarillas por todo su valle gracias a los rayos del sol. Sus días transcurren sonoros y mágicos, esperando a que sus habitantes, sus diversas construcciones y tesoros naturales, le den este acogedor toque.

Tierra de bienvenidas

El suntuoso nombre de Ixtacamaxtitlán, es solo un pequeño reflejo de las titánicas proporciones de este rincón. Proviene de las voces Iztla, “blanco”; Maxtli, “faja o cinturón” y Tlan, “junto a”. Este grupo de palabras puede traducirse como “cerca de la faja blanca o junto a la faja blanca”.

Ixtla, como suelen llamarlo los visitantes o pobladores mismos, parece englutido por las mandíbulas de los grandes cerros con el primer vistazo. Llegar hasta este lugar es adentrarse en un sitio absorbido por el viento que vuela a ras de suelo hasta tomar la curva de los primeros levantamientos y elevarse como un primer cielo.

vista aérea de Ixtacamaxtitlan
Foto: Twitter

Con los primeros pasos, todos los caminos se comienzan a limpiar para abrirse a los viajeros que llegan hasta aquí. La herencia minera de la zona, pone un contrapeso al explorar la zona y notar las viejas y nuevas minas desde la entrada hasta la salida. Poco a poco, el aire se aclara y las primeras construcciones se muestran con orgullo, tal como la Iglesia de San Andrés Tepexoxuca. Esta edificación cuenta con un retablo de estilo neoclásico y un reloj de sol grabado en cantera. Al igual que este santuario, el Templo del Señor de la Salud –orientado hacia tierra santa– y el Santuario Texocuixpan –el más visitado por peregrinos donde se adora al Señor de la Buena Muerte– conforman el primer grupo de atracciones que Ixta ofrece a todos los viajeros.

exterior de la iglesia de San Andrés Tepexoxuca
Foto: sibaris.com

Donde el viento vuela

Durante sus inicios, las primeras tierras fueron llamadas Castilloblanco debido a su posición estratégica dentro del Obispado de Puebla. Esto provocó que en lo alto del cerro de Acolhua, se construyera el atalaya más icónico de la región: la Iglesia de San Francisquito. Esta pequeña pero peculiar construcción fue alguna vez un adoratorio prehispánico que vigilaba el valle con dominio total. En la actualidad, se ha convertido en un punto de referencia para las miles de miradas, las aves y el viento.

exterior de la iglesia de san francisquito
Foto: archivo

De vuelta al suelo, y caminando entre pequeños cañones, Ixtacamaxtitlán resguarda un par de joyas naturales donde todo se escucha con mayor intensidad: los Bañitos –pequeña precipitación de agua– y las caídas de agua ermita –una cascada de dos metros donde el pasar del tiempo se puede atrapar con cada suspiro–.

vista de Ixtacamaxtitlan
Foto: viajaporpuebla.mx

La tarde comienza a caer y el viento ya sopla con mayor fuerza, llevando a los caminantes hacia el Museo Comunitario de Xolalpan. Esta antigua ermita alberga el patrimonio arqueológico y paleontológico de la comunidad. Ixta es otro cuando la noche cae. Las calles se convierten en acogedores vías donde los olores de los escamoles, el mole de guajolote y la barbacoa se mezclan con las historias y anécdotas del día. El viento se oculta bajo las estrellas, vuela bajo pero con fuerza chocando con los montes y esperando al siguiente día para volver a convertirse en guía.

Continuar leyendo: Juan Galindo, rincón entre aguas

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